Vamos y venimos. Volvemos y sentimos. No decimos lo que sentimos y no sentimos lo que decimos. Solo damos vueltas para terminar viendo “desde arriba” lo que antes veíamos desde abajo. Perdonamos y odiamos. Tememos y nos acobardamos. Una y otra vez partimos de donde salimos. Respiramos y morimos, y si no lo hacemos es lo mismo.
Intentamos y no lo logramos. No nos conformamos con nada, o nos conformamos con muy poco. ¿Cuantas líneas necesito para explicar el entendimiento, la decadencia, la autodestrucción y la amoralidad humana? Tal vez todas, todas las que necesite. Una sola. La primera. Pero como no es clara sigo con las de abajo. Tal vez Einstein y Weber lo explicaron de dos formas iguales, con dos formas distintas.
Einstein:
“Existen dos cosas infinitas, el universo y la estupidez humana. Y del universo no estoy seguro”.
Weber
“El punto máximo de irracionalidad del ser humano son las guerras”
Un ser humano (o varios) intentan dominar un territorio destruyéndolo. Es como querer comprarme algo y prenderlo fuego antes de pagarlo (y aun así comprarlo). Estupidez humana. Social. Mundial. Verbal. Intelectual. Potencial.
Quedan claras ambas posturas, siendo la de Max Weber, en este caso, un poco más profunda.
Qué demuestro con esto. Que para ser intelectual primero se debe decir lo que uno piensa. Luego todo el resto.
Las guerras no son la solución a absolutamente nada, no obstante creo muy apropiado el siguiente discurso de Malcolm X:
“Pienso que hay mucha gente buena en América, pero también gente mala, y los malos son aquellos que parecen disponer de todo el poder y que están en esta posición por negarnos lo que tú y yo necesitamos. Delante de esta situación, tú y yo tenemos que conservar el derecho a hacer todo lo que sea necesario por acabar con una situación así. Esto no significa que yo defienda la violencia, pero tampoco estoy en contra de la violencia en legítima defensa, que yo denomino inteligencia"
Para ser inteligente no se tiene que ser de una forma, sino de todas.
lunes, 30 de mayo de 2011
martes, 3 de mayo de 2011
Represión
Muchas veces no decimos lo que sentimos por vergüenza. ¿Vergüenza a qué? Más bien es miedo, miedo a recibir un rechazo como respuesta. Te quiero, te extraño, te amo, te aprecio, te necesito y miles de frases más que se pueden armar trazándoles encima un sentimiento profundo o tenue. Podemos pensar que no cambiarían nada decirlas, pero no podemos afirmarlo hasta que las hayamos pronunciado. La pregunta sería ¿qué perdemos? Nada o todo. Todo perdemos si es que por no animarnos a arriesgarnos caemos en el camino opuesto. A veces es como tirar una moneda. Si suponemos que va a salir una determinada cara ni nos molestamos en lanzarla al aire, pero perdemos la adrenalina fugaz que sentimos mientras esta gira mientras se dirige hacia el piso. Y salió la cara que suponíamos que no iba a salir y ahora nuevamente la adrenalina nos cambia todo y de muchas maneras. La respuesta positiva (la que nosotros queremos escuchar) de un sentimiento expresado nos hace dar cuenta que, mirando hacia atrás, estábamos equivocados. Y así vivimos limitados, reprimiendo aquello que por otros sentimientos guardamos en lugares oscuros de nuestra esencia. Te quiero pero tengo miedo de decirlo.
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