lunes, 25 de marzo de 2013

La casa del sueño



En medio de un océano no descubierto, se alzaban transparentes murallones que formaban una inmensa casa de cristal. La visibilidad implacable permitía alucinar inconmensurables peces de millones de colores dentro de ellas aunque allí no estuviesen. Todo dejaba ver la soledad de la espuma ventosa. Las inmensas olas bramantes de competencia por aventurarse a llegar a las costas lejanas. Costas de miles de continentes con cientos de personas refrescando sus ideales. Gente que desconocía por completo la existencia de aquella fortaleza onírica. Visible, solo, para aquellos que logran imaginarla.
Al compás de las gaviotas indiferentes, lo acompañaba el secreto ensordecedor de los murmullos de las nubes. Los arcoíris que bañaban las paredes internas producidos por la destrucción de los haces de luz aventurados a espiar, lograban deslumbran a quienes se atreviesen a entenderlos. Esta construcción de perfección deleznable era únicamente mía. Podía escaparme hacia allá cuando quisiese, podía inventar mil historias dentro de ella, podía bailar, correr y cantar tan fuerte que nadie me escucharía. Podía elevar una escalera y robar un rayo y encerrar un trueno. Podía ser yo o no serlo. Podía vivir más que en la Tierra. Podía recostarme bajo la luz de la luna y el sol al mismo tiempo. Podía florecer aromas en un mar salado. Podía endulzar el agua. Podía calmar a las sirenas. Podía convencer a Poseidón para que legara su reinado en mí. Podía ni existir él.
Todo esto estaba en un mundo tan inmenso como el espacio mismo, mi imaginación.

Pero un día, se avecinó una gran ola. Me puse frente a ella e intenté pararla con todos los poderes que me confería el motor de creatividad, pero por más que lo intentaba, todo parecía acrecentarla más. Con millones de caballos de fuerza y altura exagerada llegó tan pronto como se fue. Con un simple golpe, derribó mi casa de cristal. Fusionó mi cuerpo con el mar, que ya era frío y poco acogedor. El sonido se hizo lejano, se puso distante hasta que desapareció. Parecí perder aquel preciado sentido de desarrollo humano. El agua parecía abrazarme, lo hizo tanto que me convenció de no estar ahogándome, pero más me hundía y más allá estaba mi mundo perfecto. La vida me abandonaba. En cámara lenta de un tiempo que no existe fui descendiendo, cuanto más abajo, más adulto. Los haces de luz que lograban luchar e intentar rescatarme sólo lograban llegar para darme una sutil caricia de despido entristecido. Y no podía llorar, aún desconozco si porque no estaba tan mal como para hacerlo o porque las lágrimas son tan inútiles en un mundo tan húmedo como un terrón de azúcar en un mar de café.



Actualmente sigo buscando a aquella casa. La de mi mundo perfecto. La de transparencia única. Me dijeron que no existe, que solo fue un grato sueño. Que ya no debía buscarla. Dicen que ya estoy grande. Y primero pensé que por tal motivo no cabría dentro de mi antigua casa, pero después recordé que podía agrandarla con solo imaginarla más grande, pero nada de eso funcionó. Nada. Ahora dicen que debo imaginar una casa de ladrillos oscuros, de transparencia nula, en alguna ciudad. Imaginar dentro de mi casa a otra gente a la que tendré que llamar familia, imaginar, tal vez, algún perro también. Pero nada de eso es imaginación, eso se llama imposición. Estructuralismo rígido y limitador. Es tan triste como solamente vivir.

Ahora, solo, quiero imaginar que sigo siendo un niño.

martes, 19 de marzo de 2013

¡Ja!

¿Por qué cumplimos años? Celebramos el aniversario de nuestro nacimiento. Contamos en ábacos con cuentas de no más de 366 días. Yo sumo 23. Es extraño. Se festeja el envejecimiento, la aparición de dificultades, la suma de responsabilidades, la ida de familiares. Se festejan acontecimientos que no deberían festejarse. Sería “festejable” si se diese la condición contraria. Si restáramos años en vez de sumarlos.

Yo detesto mi cumpleaños. No es detestar la palabra, es melancolía. Llega el momento, creo que va a ir todo bien, y la amargura intermitente se hace constante y estable. Y más cerca de los ceros del día correcto y el malhumor más grande es. Está claro que algo ha acaecido en el pasado, quizá, un mismo día de mi cumpleaños, que marcó para siempre a estos días rutinarios contando en años. Pero, qué.

Cuando la psicóloga me interrogaba sobre por qué no me gustaba mi cumpleaños, solo aparecía una respuesta. Me gusta ser chico, divertirme como tal. Me gustan los castillos inflables, saltar en ellos. Me gustan los túneles obvios y visibles que entregan los peloteros. Y con un cuerpo de veinti tantos años eso se hace imposible, o poco mostrable. La respuesta, fue una pregunta (situación que me desagradaba, hasta que entendí), ¿crees que los adultos no tienen ganas de meterse al pelotero? …

No sé, supongo que no. Lo harían sino. O tal vez sí. Y claro, sumar años no es dejar de hacer lo que nos gusta. No. Pero esas miradas inquisidoras, esos dichos diabólicos que marcan un “ya estas grande” obligan a oprimir los deseos más espontáneos. Y si por alguna razón alguien decide ser un poco más libre, inmediatamente se lo carátula de “inmaduro”. Si existiese un Dios, ese sería el “¿qué dirán?”

Yo me siento más joven con el tiempo, pero me veo más viejo. Y si la gente fuese ciega, otro sería el cantar. Y si también fuese muda, no me dirían… Feliz cumpleaños.