martes, 19 de marzo de 2013

¡Ja!

¿Por qué cumplimos años? Celebramos el aniversario de nuestro nacimiento. Contamos en ábacos con cuentas de no más de 366 días. Yo sumo 23. Es extraño. Se festeja el envejecimiento, la aparición de dificultades, la suma de responsabilidades, la ida de familiares. Se festejan acontecimientos que no deberían festejarse. Sería “festejable” si se diese la condición contraria. Si restáramos años en vez de sumarlos.

Yo detesto mi cumpleaños. No es detestar la palabra, es melancolía. Llega el momento, creo que va a ir todo bien, y la amargura intermitente se hace constante y estable. Y más cerca de los ceros del día correcto y el malhumor más grande es. Está claro que algo ha acaecido en el pasado, quizá, un mismo día de mi cumpleaños, que marcó para siempre a estos días rutinarios contando en años. Pero, qué.

Cuando la psicóloga me interrogaba sobre por qué no me gustaba mi cumpleaños, solo aparecía una respuesta. Me gusta ser chico, divertirme como tal. Me gustan los castillos inflables, saltar en ellos. Me gustan los túneles obvios y visibles que entregan los peloteros. Y con un cuerpo de veinti tantos años eso se hace imposible, o poco mostrable. La respuesta, fue una pregunta (situación que me desagradaba, hasta que entendí), ¿crees que los adultos no tienen ganas de meterse al pelotero? …

No sé, supongo que no. Lo harían sino. O tal vez sí. Y claro, sumar años no es dejar de hacer lo que nos gusta. No. Pero esas miradas inquisidoras, esos dichos diabólicos que marcan un “ya estas grande” obligan a oprimir los deseos más espontáneos. Y si por alguna razón alguien decide ser un poco más libre, inmediatamente se lo carátula de “inmaduro”. Si existiese un Dios, ese sería el “¿qué dirán?”

Yo me siento más joven con el tiempo, pero me veo más viejo. Y si la gente fuese ciega, otro sería el cantar. Y si también fuese muda, no me dirían… Feliz cumpleaños.

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