martes, 1 de enero de 2013

Al final, en otro mundo


Unas cuantas horas más de trayecto acumuladas en lo que todos llaman, vida, en este caso, la mía. Pensé en balance, en lo que las personas hacen en algún momento de sus vidas, y esta ocasión, es quizá, un día para hacer uno. Sólo, sobre la cama, escuchando esa música que me inspira y pensando en esas personas que me enaltecen, escribo esto.
Puedo afirmar que el 2012 ha sido el mejor año de mi vida, corta, tal vez larga. Mejor, quién puede explicar la palabra mejor. Nadie. Nada es mejor, es sustentablemente poco efectivo y objetivo decir algo así, pero fue el año en donde fui más libre, liberal, libertinaje, no sé, suena todo tan igual y es tan diferente.
Cuando alguien cree que va a morir sin decir algo que siente, y logra hacerlo ante de sus últimos días, es cuando puede sentirse pleno. Como tener sed y desbordar un vaso de fría agua. Que banal. Una comparación casi miserable, casi sin sentido, casi que escapa de lo que quiero explicar. Casi que las lágrimas que derrocho al escribir esto llenan el vaso antes que pueda ponerle el agua. Lágrimas de felicidad dicen algunos. Puede ser, pero si tuviese la máquina para analizar la composición de, las lágrimas, al menos las mías, podría decir que están compuestas por incertidumbre, ganas de gritar, tristeza, frustración, necesidad de volar al más allá y no volver, ganas de empezar a correr sin sentido por mucho tiempo hasta caer desmayado y despertar en otro lugar, o en el mismo, pero en otro. Ese vacío que se siente cuando se estima haber vivido todo ya, sin haber vivido nada. Haber querido estar muerto sin darme cuenta. Haber intentado estar muerto sin estar despierto. Haber despertado antes de partir para quedarme y, hoy, escribir esto. Uno no sabe cuánto mal puede hacerle a una persona, hasta que de víctima se pasa a victimario y casi que podemos justificar a otros. Todos. A todos.
De todos modos, nadie vive algo por el simple hecho de vivirlo, así, sin más. Creo que todos nacemos con un objetivo, sin ser destino, lo es. Cuando leo algo que me escribe alguien agradeciéndome haber ayudado a contar tal o cual cosa, alivianando la culpa de ser “diferente” me emociona tanto que no entiendo qué quise hacer, hace ya, 6 años, casi 7. No es que no piense en hacerlo nunca más, piense, no pienso, piensa mi cuerpo por mí. Es que los que somos así, no nos curamos. Un día estamos caminando por la calle y al instante estamos viendo como la calle se acerca a nosotros rápidamente para terminar de cegarnos y empezar a verla cada vez más lejos. “La ola de un susurro ondulándose hacia abajo”
Si pudiera elegir algo, sería, no sé, no elegir nada, es decir, no estar. No comprendo el sentido de la vida y eso me hace vulnerable a ser demasiado frontal, intentando luchar contra lo que nadie lucha. Ira. No, ira no, bronca, tampoco es eso. Es, es la sensación, no tampoco, no es una sensación, es una necesidad de que todo funcione correctamente, pero sabiendo que es utópico. Utópico es vivir para terminar muriendo. Muriendo, cómo elegiría morir. Claro que no siendo un viejo, vaya qué aburrido eso. No. Más bien, siendo joven, no, ya no. Pero tan pronto como para no ser viejo. Viejos son los trapos decía mi abuela. Ahora es un trapo muerto. No creo en el más allá, nacemos y al instante no somos más nada, ni nadie. Un poco de energía liberada al espacio.
Soy feliz. Claro, quien lea esto, pensará que no lo soy. Vivo riéndome. Sos alegre, me dicen. Claro, tal vez. Alegre, alegre en el mundo exterior, solemnemente poco alegre de las puertas para adentro. Inteligente, un poco, más de lo que necesito. Ser inteligente te quita felicidad, es un estudio científico que he realizado en mi mente. ¿A quién le importaría leer algo tan largo? A nadie, lo escribo para mí y lo comparto para el mundo. Cada tanto aparece alguien que por leer algo me pide ayuda, y eso me mantiene más o menos vivo. Vivo, muerto.
Hoy quiero vivir, pero no se pueden borrar algunas imágenes de mi memoria. Recuerdo. Recuerdo estar parado esperando el subte, y al oírlo llegar, pensar que la solución estaba ahí. Dejarlo ir por quedar paralizado por unas voces internas, no son voces, son pensamientos internos, que te dicen que si caminas un poco más justo antes que pase, pasará todo. Por eso nunca me justó viajar en subte, es tentador. La mente queriendo ordenarle al cuerpo correr hacia las vías y el cuerpo intentando convencer a la mente que la solución no es esa. Qué enfermo. Qué enferma, la mente, digo. Detesto a la gente. No, no es detestar. Es, no sé qué es. Es. Cuando quiere imponerte un modelo básico, obvio, previsible. Un canon que todos deberíamos seguir, porque esa es la mejor manera de ser. Odio eso. Odio que la gente no sea como quiera ser por miedo. Odio que no defiendan su ser, su persona. Odio que no defiendan a los suyos. Odio que agachen la cabeza, que bajen los brazos. Los mataría. ¿Qué vale una persona que hace eso? Nada. No produce el cambio, alimenta el momento, la estabilidad de un modelo patético.
Y al final, me di cuenta que escribí esto, solamente para pedir perdón. A dos personas, a una por hacerle algo sin hacerle nada, no importa más que decir eso, y a otra, por lo que haré, en el momento que ya no pueda sostener más nada.
Al final, todo lo que quiero, está en otro mundo.

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