lunes, 22 de julio de 2013

El asesino que llevamos dentro




Me preguntaba unos días atrás, qué tan mal está pensar que la muerte de una persona soluciona un problema.

Un problema no es una religión, una postura política, un color de piel, un estrato social. Un problema es otra cosa, va más allá de todo eso.



Cuando analizo en profundidad mis ideologías más secretas me doy un poco de miedo. Y admiración. Porque claro, alguien que las tamice superficialmente por la vivencia social de un país no podrá más que catalogarme de ¿dictador? Pero esas palabras se las dejo a los flojos, a los que no sostienen una idea por miedo a ser encasillados…



Bueno, justamente no es eso. Es lo más lejano en algún punto pero admite el mismo tipo de estrategia para un distinto tipo de solución.



¿Por qué admitimos que los médicos eliminen una enfermedad por medio de medicamentos y no permitimos que un policía elimine a un delincuente por medio de un balazo?



Claro, podrán intentar rebatirme diciendo que no puedo comparar un tumor con un ladrón, el ébola con un violador, o el herpes con un asesino. Pero de cierto modo admiten el mismo análisis de destrucción.

Para un religioso ambos son seres vivos creados por Dios. Aunque no rezan por la salvación de los primeros.
Para un moralista las enfermedades no admiten moralidad.
Para un buscador de soluciones definitivas, ambos merecen ser aniquilados.

Tampoco hablo de regalarle la muerte a cualquiera. Solamente a quien corresponda. Los animales matan para vivir. Nosotros somos animales, entonces por qué no hacemos lo mismo. Maldita razón.

domingo, 2 de junio de 2013

Palabras que no se entienden

Irrisoriamente hablando de un hipotético amor perfecto podemos colapsar dentro del dolor más profundo. Pues claro, cualquier universo creado a andanzas de la inequívoca ilusión de la excelencia alcanzada va a resultar devastadora para la realidad misma, la mera y cruel experiencia vivida. Podemos tomar como prototipo mil parámetros inventados por nosotros mismos como sociedad o por individuos que no tienen objetivo más que un poco de reinado, dinero, poder, reconocimiento y vaya a saber qué otras cosas. Ahora, podríamos discutir por siempre, como el huevo y la gallina, si aquellos arquetipos mencionados someramente son producto de lo que cada persona, como tal, necesita o si son impuestos por jerarquías perfectas, considerándolas perfectas analizando el poderío, indiscutible, alcanzado. Resulta casi soso discutir tan banalmente un problema de ésta índole. La ley de Murphy estable que si puede fallar, va a fallar. Acá la falla la pagamos nosotros, siempre. Como únicos e irrepetibles. Fallamos desde el momento en que nacemos, nacemos fallados si es que terminamos muertos. Nada perfecto perece. Nada es perfecto entonces, porque hasta el universo mismo tiene sus años contados (bueno sí, en años luz).
No debe confundirse la palabra amor con lo que todos relacionan, con ese sentimiento inexplicable hacia otra persona, no. Es un poco más profundo, tan sólo apenas. Sí debe anexarse el “sentimiento intenso”, pero no hacia otro ser, en este caso, sino hacia todo. Somos tan intensos que no podemos controlarnos, en algún momento, al menos, estallamos y creamos nuestro pequeño big bang (vaya contradicción)
Implosión de intensidades encontradas en un extremo. Esto sería la gran explosión.

lunes, 25 de marzo de 2013

La casa del sueño



En medio de un océano no descubierto, se alzaban transparentes murallones que formaban una inmensa casa de cristal. La visibilidad implacable permitía alucinar inconmensurables peces de millones de colores dentro de ellas aunque allí no estuviesen. Todo dejaba ver la soledad de la espuma ventosa. Las inmensas olas bramantes de competencia por aventurarse a llegar a las costas lejanas. Costas de miles de continentes con cientos de personas refrescando sus ideales. Gente que desconocía por completo la existencia de aquella fortaleza onírica. Visible, solo, para aquellos que logran imaginarla.
Al compás de las gaviotas indiferentes, lo acompañaba el secreto ensordecedor de los murmullos de las nubes. Los arcoíris que bañaban las paredes internas producidos por la destrucción de los haces de luz aventurados a espiar, lograban deslumbran a quienes se atreviesen a entenderlos. Esta construcción de perfección deleznable era únicamente mía. Podía escaparme hacia allá cuando quisiese, podía inventar mil historias dentro de ella, podía bailar, correr y cantar tan fuerte que nadie me escucharía. Podía elevar una escalera y robar un rayo y encerrar un trueno. Podía ser yo o no serlo. Podía vivir más que en la Tierra. Podía recostarme bajo la luz de la luna y el sol al mismo tiempo. Podía florecer aromas en un mar salado. Podía endulzar el agua. Podía calmar a las sirenas. Podía convencer a Poseidón para que legara su reinado en mí. Podía ni existir él.
Todo esto estaba en un mundo tan inmenso como el espacio mismo, mi imaginación.

Pero un día, se avecinó una gran ola. Me puse frente a ella e intenté pararla con todos los poderes que me confería el motor de creatividad, pero por más que lo intentaba, todo parecía acrecentarla más. Con millones de caballos de fuerza y altura exagerada llegó tan pronto como se fue. Con un simple golpe, derribó mi casa de cristal. Fusionó mi cuerpo con el mar, que ya era frío y poco acogedor. El sonido se hizo lejano, se puso distante hasta que desapareció. Parecí perder aquel preciado sentido de desarrollo humano. El agua parecía abrazarme, lo hizo tanto que me convenció de no estar ahogándome, pero más me hundía y más allá estaba mi mundo perfecto. La vida me abandonaba. En cámara lenta de un tiempo que no existe fui descendiendo, cuanto más abajo, más adulto. Los haces de luz que lograban luchar e intentar rescatarme sólo lograban llegar para darme una sutil caricia de despido entristecido. Y no podía llorar, aún desconozco si porque no estaba tan mal como para hacerlo o porque las lágrimas son tan inútiles en un mundo tan húmedo como un terrón de azúcar en un mar de café.



Actualmente sigo buscando a aquella casa. La de mi mundo perfecto. La de transparencia única. Me dijeron que no existe, que solo fue un grato sueño. Que ya no debía buscarla. Dicen que ya estoy grande. Y primero pensé que por tal motivo no cabría dentro de mi antigua casa, pero después recordé que podía agrandarla con solo imaginarla más grande, pero nada de eso funcionó. Nada. Ahora dicen que debo imaginar una casa de ladrillos oscuros, de transparencia nula, en alguna ciudad. Imaginar dentro de mi casa a otra gente a la que tendré que llamar familia, imaginar, tal vez, algún perro también. Pero nada de eso es imaginación, eso se llama imposición. Estructuralismo rígido y limitador. Es tan triste como solamente vivir.

Ahora, solo, quiero imaginar que sigo siendo un niño.

martes, 19 de marzo de 2013

¡Ja!

¿Por qué cumplimos años? Celebramos el aniversario de nuestro nacimiento. Contamos en ábacos con cuentas de no más de 366 días. Yo sumo 23. Es extraño. Se festeja el envejecimiento, la aparición de dificultades, la suma de responsabilidades, la ida de familiares. Se festejan acontecimientos que no deberían festejarse. Sería “festejable” si se diese la condición contraria. Si restáramos años en vez de sumarlos.

Yo detesto mi cumpleaños. No es detestar la palabra, es melancolía. Llega el momento, creo que va a ir todo bien, y la amargura intermitente se hace constante y estable. Y más cerca de los ceros del día correcto y el malhumor más grande es. Está claro que algo ha acaecido en el pasado, quizá, un mismo día de mi cumpleaños, que marcó para siempre a estos días rutinarios contando en años. Pero, qué.

Cuando la psicóloga me interrogaba sobre por qué no me gustaba mi cumpleaños, solo aparecía una respuesta. Me gusta ser chico, divertirme como tal. Me gustan los castillos inflables, saltar en ellos. Me gustan los túneles obvios y visibles que entregan los peloteros. Y con un cuerpo de veinti tantos años eso se hace imposible, o poco mostrable. La respuesta, fue una pregunta (situación que me desagradaba, hasta que entendí), ¿crees que los adultos no tienen ganas de meterse al pelotero? …

No sé, supongo que no. Lo harían sino. O tal vez sí. Y claro, sumar años no es dejar de hacer lo que nos gusta. No. Pero esas miradas inquisidoras, esos dichos diabólicos que marcan un “ya estas grande” obligan a oprimir los deseos más espontáneos. Y si por alguna razón alguien decide ser un poco más libre, inmediatamente se lo carátula de “inmaduro”. Si existiese un Dios, ese sería el “¿qué dirán?”

Yo me siento más joven con el tiempo, pero me veo más viejo. Y si la gente fuese ciega, otro sería el cantar. Y si también fuese muda, no me dirían… Feliz cumpleaños.

martes, 1 de enero de 2013

Al final, en otro mundo


Unas cuantas horas más de trayecto acumuladas en lo que todos llaman, vida, en este caso, la mía. Pensé en balance, en lo que las personas hacen en algún momento de sus vidas, y esta ocasión, es quizá, un día para hacer uno. Sólo, sobre la cama, escuchando esa música que me inspira y pensando en esas personas que me enaltecen, escribo esto.
Puedo afirmar que el 2012 ha sido el mejor año de mi vida, corta, tal vez larga. Mejor, quién puede explicar la palabra mejor. Nadie. Nada es mejor, es sustentablemente poco efectivo y objetivo decir algo así, pero fue el año en donde fui más libre, liberal, libertinaje, no sé, suena todo tan igual y es tan diferente.
Cuando alguien cree que va a morir sin decir algo que siente, y logra hacerlo ante de sus últimos días, es cuando puede sentirse pleno. Como tener sed y desbordar un vaso de fría agua. Que banal. Una comparación casi miserable, casi sin sentido, casi que escapa de lo que quiero explicar. Casi que las lágrimas que derrocho al escribir esto llenan el vaso antes que pueda ponerle el agua. Lágrimas de felicidad dicen algunos. Puede ser, pero si tuviese la máquina para analizar la composición de, las lágrimas, al menos las mías, podría decir que están compuestas por incertidumbre, ganas de gritar, tristeza, frustración, necesidad de volar al más allá y no volver, ganas de empezar a correr sin sentido por mucho tiempo hasta caer desmayado y despertar en otro lugar, o en el mismo, pero en otro. Ese vacío que se siente cuando se estima haber vivido todo ya, sin haber vivido nada. Haber querido estar muerto sin darme cuenta. Haber intentado estar muerto sin estar despierto. Haber despertado antes de partir para quedarme y, hoy, escribir esto. Uno no sabe cuánto mal puede hacerle a una persona, hasta que de víctima se pasa a victimario y casi que podemos justificar a otros. Todos. A todos.
De todos modos, nadie vive algo por el simple hecho de vivirlo, así, sin más. Creo que todos nacemos con un objetivo, sin ser destino, lo es. Cuando leo algo que me escribe alguien agradeciéndome haber ayudado a contar tal o cual cosa, alivianando la culpa de ser “diferente” me emociona tanto que no entiendo qué quise hacer, hace ya, 6 años, casi 7. No es que no piense en hacerlo nunca más, piense, no pienso, piensa mi cuerpo por mí. Es que los que somos así, no nos curamos. Un día estamos caminando por la calle y al instante estamos viendo como la calle se acerca a nosotros rápidamente para terminar de cegarnos y empezar a verla cada vez más lejos. “La ola de un susurro ondulándose hacia abajo”
Si pudiera elegir algo, sería, no sé, no elegir nada, es decir, no estar. No comprendo el sentido de la vida y eso me hace vulnerable a ser demasiado frontal, intentando luchar contra lo que nadie lucha. Ira. No, ira no, bronca, tampoco es eso. Es, es la sensación, no tampoco, no es una sensación, es una necesidad de que todo funcione correctamente, pero sabiendo que es utópico. Utópico es vivir para terminar muriendo. Muriendo, cómo elegiría morir. Claro que no siendo un viejo, vaya qué aburrido eso. No. Más bien, siendo joven, no, ya no. Pero tan pronto como para no ser viejo. Viejos son los trapos decía mi abuela. Ahora es un trapo muerto. No creo en el más allá, nacemos y al instante no somos más nada, ni nadie. Un poco de energía liberada al espacio.
Soy feliz. Claro, quien lea esto, pensará que no lo soy. Vivo riéndome. Sos alegre, me dicen. Claro, tal vez. Alegre, alegre en el mundo exterior, solemnemente poco alegre de las puertas para adentro. Inteligente, un poco, más de lo que necesito. Ser inteligente te quita felicidad, es un estudio científico que he realizado en mi mente. ¿A quién le importaría leer algo tan largo? A nadie, lo escribo para mí y lo comparto para el mundo. Cada tanto aparece alguien que por leer algo me pide ayuda, y eso me mantiene más o menos vivo. Vivo, muerto.
Hoy quiero vivir, pero no se pueden borrar algunas imágenes de mi memoria. Recuerdo. Recuerdo estar parado esperando el subte, y al oírlo llegar, pensar que la solución estaba ahí. Dejarlo ir por quedar paralizado por unas voces internas, no son voces, son pensamientos internos, que te dicen que si caminas un poco más justo antes que pase, pasará todo. Por eso nunca me justó viajar en subte, es tentador. La mente queriendo ordenarle al cuerpo correr hacia las vías y el cuerpo intentando convencer a la mente que la solución no es esa. Qué enfermo. Qué enferma, la mente, digo. Detesto a la gente. No, no es detestar. Es, no sé qué es. Es. Cuando quiere imponerte un modelo básico, obvio, previsible. Un canon que todos deberíamos seguir, porque esa es la mejor manera de ser. Odio eso. Odio que la gente no sea como quiera ser por miedo. Odio que no defiendan su ser, su persona. Odio que no defiendan a los suyos. Odio que agachen la cabeza, que bajen los brazos. Los mataría. ¿Qué vale una persona que hace eso? Nada. No produce el cambio, alimenta el momento, la estabilidad de un modelo patético.
Y al final, me di cuenta que escribí esto, solamente para pedir perdón. A dos personas, a una por hacerle algo sin hacerle nada, no importa más que decir eso, y a otra, por lo que haré, en el momento que ya no pueda sostener más nada.
Al final, todo lo que quiero, está en otro mundo.