Hoy, dentro
de unas horas, tengo el “baby shower” para una de mis amigas de toda mi vida.
Mi vida, 22 años. La conozco desde jardín de infantes, cuando apenas sabíamos
nuestros nombres, decirlo pero no escribirlo. Hoy está embarazada de 6 meses.
No solo festejamos la llegada de una nueva “sobrina” a la “familia” sino
también la despedimos. Se va a vivir a otra provincia, al sur, a San Martín de
los Andes. “Se va” suena a “para siempre”, pero también a “no verla nunca más”.
Un “se va” dentro del país está, por suerte, limitado a la misma nación, con lo
cual las distancias son menores. Pero no deja de ser distancia. Recuerdo como
si fuese ayer cuando nos peleábamos, cuando nos juntábamos a hacer un trabajo,
cuando salíamos del colegio y hacíamos cuanta idiotez se nos cruzaba por la
cabeza, cuando me eligió para que le entregue una de las 15 rosas de su
cumpleaños. Las noches que pasábamos juntos, con otra amiga, contándonos cosas,
profundas y otras tontas. Me fui de vacaciones con mi familia y con ella una
vez, y fue espectacular. Crecer es ir caminando por las líneas del tiempo,
únicas y proyectadas hacia adelante. Cada persona tenemos una, a veces se
cruzan y después se alejan. Es raro despedir a alguien de este modo. Pese a que no nos frecuentábamos tanto como
antes, los recuerdos nos mantenían atados, no es que a partir de ahora no lo
hagan, pero es distinto. Creció, formó una familia y debe alejarse. Debe crecer
más. Algunas lágrimas se escapan mientras escribo esto, porque el dolor es
inevitable, pero apacible con la llegada de Renata. Me da miedo crecer, o que
las personas crezcan, porque eso nos acerca a la muerte. Y de la muerte no hay
retorno.
Pensar que
esto está determinado por el momento en que nuestros padres decidieron escoger
el mismo colegio, otorgándonos, sin saberlo, compañeros, amigos, parejas… Esta
es parte de nuestra historia, la de un grupo de amigos que se conocen hace 16
años y al cual la vida, hoy, los separa. Espero que nos junte pronto, nuevamente…