En un
velorio, me preguntaba por qué las personas insistimos con estar al lado del
cajón que contiene el cuerpo hasta el último instante. Y la respuesta la
encontré recordando que cuando cierran el mismo, piden a todos que se retiren del
entorno, y bloquean aquella terrible imagen.
El cuerpo
ya sin vida adquiere un valor agregado que solo lo gana al momento de la
muerte. Simboliza el último dejo de vida de la persona, se conecta con toda su inmediatez
y la representa fríamente. Sus familiares connotan un sentimiento equívoco y se
aferran de él para evitar sentir más dolor del que les produce el futuro cambio
del tradicional encuentro con quien tal vez no apreciaban al estar vivo.
Al final,
el dolor es tan grande que no pueden permitirnos perpetuarlo observando como la
tapa del ataúd atrapa por siempre el resabio de vida restante en el difunto. Así
y todo debemos seguir viviendo.
Todo cambia
cuando quienes tienen el llanto encima, somos nosotros.
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