Me pregunto
por qué una persona nace para solo vivir 3 años. Ayer, durante el inicio de la
tarde Mateo se cayó a la pileta de su casa y falleció tras ahogarse. Mateo era
el hijo de mis vecinos, nieto de Ana (ya fallecida), la dueña de la casa, a
quien yo le decía tía. El segundo de 4
hermanos, uno aún no nacido. Cuando estaba observando todo desde la pared a la
que subí luego de escuchar los gritos desesperados de muchas personas,
comprendí nuevamente que no logramos ser más que un cúmulo de energía contenida
dentro de un envase.
El cuerpo
yacía inmóvil sobre los brazos de la madre que gritaba “se me muere, se me
muere” sin saber que ya estaba muerto. La policía llegó casi de inmediato, 3
patrulleros. Más tarde, bastante más tarde, los bomberos, de los cuales uno cargó
al vehículo al niño ahogado. Después del episodio y casi para nada, la
ambulancia. Pero la muerte fue más rápida que todos nosotros. Estaba allí
llevándose a Mateo y no lográbamos verla, pasó por al lado nuestro. La hermana mayor,
una niña de unos pocos años más que él decía: “La ambulancia no viene, Mateo se
murió”
Los
familiares estaban tirados en el piso llorando, gritando, golpeando las
paredes. Abatidos por la vida que seguía, pero sin un familiar.
Qué hacer.
Cómo evitar algo así. En ese momento solo quería saber hacer respiración boca a
boca, masajes cardíacos, métodos de reanimación, primeros auxilios. Pero no
sabía. La impotencia y la ira del descuido se apoderaban de mí. La
incertidumbre del qué pasaba mientras los bomberos iban a la clínica.
Hace muchos
años, cuando con mis primos éramos chicos, Ana nos invitaba a la pileta.
Siempre recalcaba que debíamos estar acompañados de un adulto para no
ahogarnos. Quién iba a decir que el lugar donde pasé tantas tardes y donde
tanto me divertí en mi niñez se iba a transformar en la tumba de alguien tan
libre de maldad.
¿Qué habrá
pensado Mateo antes, durante y después? ¿Se podrá pensar en un momento así? Creo
que somos capaces de abducir el dolor a otro extremo, a uno muy lejano. Deseo
estar seguro que el pequeño no sufrió al morir de una de las peores formas
existentes. Quizá fue un juego para él. Como los juegos que hacía yo de muy
chiquito que nunca me soltaba del borde por miedo a irme hasta el fondo y no
poder salir, aún cuando había muchos adultos alrededor mío capaces de ayudarme
o protegerme.
Al caer la
noche el cielo oscureció del golpe y la lluvia se hizo presente. Le dije a mi
papá: “cuanto más triste es una muerte cuando está lloviendo”. 3 años y un instante para morir. Así es como
funcionamos. Movidos por alguien o algo como piezas de ajedrez. Cuando
aburrimos, nos quitan del medio soplándonos.
Qué siente
un padre más allá del dolor inmenso y sobrenatural. Nada, solo dolor. Ausencia.
El título de la historia de Roberto Cossa define cómo se siente una
persona que pierde a alguien que ama.
“Gris de ausencia”
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