Irrisoriamente hablando de un hipotético amor perfecto podemos colapsar dentro del dolor más profundo. Pues claro, cualquier universo creado a andanzas de la inequívoca ilusión de la excelencia alcanzada va a resultar devastadora para la realidad misma, la mera y cruel experiencia vivida. Podemos tomar como prototipo mil parámetros inventados por nosotros mismos como sociedad o por individuos que no tienen objetivo más que un poco de reinado, dinero, poder, reconocimiento y vaya a saber qué otras cosas. Ahora, podríamos discutir por siempre, como el huevo y la gallina, si aquellos arquetipos mencionados someramente son producto de lo que cada persona, como tal, necesita o si son impuestos por jerarquías perfectas, considerándolas perfectas analizando el poderío, indiscutible, alcanzado. Resulta casi soso discutir tan banalmente un problema de ésta índole. La ley de Murphy estable que si puede fallar, va a fallar. Acá la falla la pagamos nosotros, siempre. Como únicos e irrepetibles. Fallamos desde el momento en que nacemos, nacemos fallados si es que terminamos muertos. Nada perfecto perece. Nada es perfecto entonces, porque hasta el universo mismo tiene sus años contados (bueno sí, en años luz).
No debe confundirse la palabra amor con lo que todos relacionan, con ese sentimiento inexplicable hacia otra persona, no. Es un poco más profundo, tan sólo apenas. Sí debe anexarse el “sentimiento intenso”, pero no hacia otro ser, en este caso, sino hacia todo. Somos tan intensos que no podemos controlarnos, en algún momento, al menos, estallamos y creamos nuestro pequeño big bang (vaya contradicción)
Implosión de intensidades encontradas en un extremo. Esto sería la gran explosión.
Alto Blog amigo.
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