sábado, 24 de septiembre de 2011

Cuando las palabras pesan

Otra víctima producto de la discriminación. Esta vez se trata de un joven de tan solo 14 años, Jamey Rodemeyer. Como si nacer, o hacerse, o como sea que se desencadene una elección sexual fuese un crimen con pena de muerte, la muerte obligada por terceros, llevada a cabo por uno mismo. Es como llegar con una mochila a la cual se la va a ir cargando con cuanto insulto o agravio gratuito exista en la tierra. Pues cuando la personalidad o incluso la autoestima no están formadas del todo, el exponente como valor agregado que le pone cada individuo es infinito e impredecible. Hay personas a quienes les importa muy poco y hay otras a las que les importa demasiado. Me remonto al matrimonio igualitario, o gay, o como le llame cada uno, cuando las personas ponían como argumento opuesto la discriminación que sufriría cada hijo de personas del mismo sexo en el colegio, discriminación que se construye en cada hogar, herramientas que cada padre pone en las manos de sus hijos sin considerar qué puede hacer este con ellas. Es un hecho. Establecido así hace años. Motivos que sobran para discriminar, todos caemos, lamentablemente, en esto. Pero cuando el final de la historia termina con una muerte nos damos cuenta cuan destructiva puede ser una palabra, dependiendo el tono en que la pronunciamos, el gesto que tenemos al hacerlo, la postura o la relación que nos encadene a la persona que va a recibir el insulto. El odio, dicen los que saben, es una forma de expresar amor, la forma que encuentran aquellos que no encuentran cómo expresarlo correctamente. La forma más incorrecta de todas. No creo sea el caso este.
Preguntaste en tu blog: “¿Qué tengo que hacer para que la gente escuche?” No es la respuesta correcta, pero de alguna manera lo hiciste. Es irónico que ahora te escuchen, cuando ya no tengas voz. Cuando el silencio sea el grito más escuchado. Tu habitación vacía va a ser el eco más profundo para quienes no supieron escucharte, para los que derraman lágrimas en vano desde el día en que decidiste, por otros, irte del mundo. Te preguntaría, llorando, qué sentís en este momento. Cuál es la expresión de aquellos que te provocaron o indujeron a esto. Tus papás, tus familiares, tus amigos, tus vecinos, dónde estaban. Que hacían que no lograron escucharte. Como si fuese tan difícil, como si hubiese que entender un mensaje codificado que no existe, son ojos brillosos que solo dicen, ayuda. Que tus lágrimas toquen tus labios y los obliguen a sonreír. Ahora, se feliz.

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